Los veo en el lugar del imposible encuentro, en vano intento acercármeles, quiero retenerlos para verlos de día; de cara al sol. Pero solo aparecen por las noches que preanuncian tinieblas, son fantasmas, espectros, cuerpos sin rostros, que no dejan de moverse, de expresarse con sus cuerpos lánguidos. Consumidos por las sombras, tragados por la oscuridad. Están en todas partes, me asustan, pero no puedo dejar de mirarlos. Una fuerza superior me obliga a permanecer allí, me pregunto si tienen voz. Si realmente están allí, o he entrado en una especie de sueño infinito, en donde la realidad se confunde con la ficción. Verlos allí me confirma que escribir es como comunicarse con fantasmas, no solo con aquel a quien se dirige, sino también con el tuyo propio. Pienso en mis fantasmas... los del pasado, los del presente, y los del ínterin. Los que me acompañan. Y a los que les temo. Nadie puede salvarte de ti mismo. Son elfos viajeros, pero a pesar de eso, sus cuerpos me gritan "mi lugar soy yo mismo, Vaya donde vaya y haga lo que haga. Sus cuerpos parecen flotar, pero esta vez, como anunciando albura, me pregunto nuevamente, si tienen voz. Al mirarlos pienso en la vida y la muerte. Es interesante cómo se usa esa expresión, de "la vida y la muerte". Como si vivir fuera lo contrario de morir. Nacer… es lo contrario de morir. La vida no tiene antónimo. Pienso en mis inseguridades al escribir, solo a los escritores les preocupa escribir bien. Escribir es sanador, aunque tengas que luchar con tus fantasmas. O escribir en compañía de ellos... Pasar por el escarnio público es como penetrar en el mundo de las tinieblas. Pero es entonces cuando comprendo mi lugar en el mundo. Y cuando comienzo a considerar importante a los fantasmas que fluyen como agua. Como un deja vu, o como un viaje de ácido con los
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